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La transformación (el rapto)
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NotaPublicado: Mié Sep 30, 2009 8:46 pm 
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Tomado del link http://www.golgotaonline.com, espero aclare mejor el asunto del rapto

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La Transformación (Agosto 2009)
Escrito por José Alberto Villasana
Una de las más grandes lagunas en la Teología es la que se refiere al tema de la Transformación, lo cual es realmente grave por las implicaciones espirituales, siendo que en la situación actual ese argumento podría constituir una verdadera fuente de esperanza y motivación para todos los cristianos y hombres de buena voluntad.

La Transformación se refiere y a la renovación esencial de la naturaleza humana y de todo el orden creado (con la consiguiente evolución espiritual y de la conciencia) que experimentarán las personas que se encuentren vivas al momento del Retorno glorioso de Jesucristo (Parusía), si es que se consideran dignas de entrar a su Reino.

Algunos, quienes hayan alcanzado la santidad en la plena identificación con Cristo, serán transformados siete años antes de que suceda ese acontecimiento, simultáneamente al momento de ser arrebatados al cielo y después de que hayan resucitado todos los santos muertos del Nuevo Testamento.

Así lo dio a conocer San Pablo:

"Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel y al son de la trompeta, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos para siempre con el Señor" (I Tes 4, 16).

Y añade: "No todos moriremos, pero todos seremos transformados. En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene el último toque de trompeta. Porque sonará la trompeta y los muertos serán resucitados para no volver a morir y nosotros seremos transformados" (I Cor 15, 51).

La Transformación debería de ser abordada interdisciplinariamente por la teología dogmática, la teología antropológica y la espiritual, y llegarían a proponer un trabajo ascético y doctrinal de gran alcance presentando un modelo y una meta a la que es preciso aspirar.

La causa última de que tema tan importante se encuentre relegado se debe fundamentalmente a la prevalencia de la doctrina antimilenarista en la Iglesia.

Jesucristo, los evangelistas y los primero Padres de la Iglesia enseñaron que después de los siete años de la Gran Tribulación y la Parusía, Cristo instaurará su Reino en este mundo, en el cual ingresarán los seres humanos transformados y santificados.

San Agustín fue el causante de que se abandonara esa doctrina tan clara tratando de combatir la herejía de Cerinto, quien enseñaba un Reino de Cristo muy carnal (de bienestar material, comilonas, etc…). San Agustín espiritualizó tanto el Reino que acabó confundiendo la Parusía con el fin del mundo, y el Reino de Cristo con el cielo.

Hasta hoy, el Magisterio de la Iglesia sigue desechando ese milenarismo craso, pero no se ha pronunciado sobre los alcances de la concepción espiritual-literal. Solo ha condenado la idea de que Jesucristo vaya a reinar “visiblemente” durante su Reino en el mundo.

Sin embargo, el tema de una Transformación y de la resurrección de los santos aparece suficientemente claro en San Pablo. Quienes hayan muerto en santidad volverán a la vida, igual que sucedió con los santos del Antiguo Testamento el Viernes Santo en que Cristo murió, cuando “se abrieron los sepulcros, y muchos santos que habían muerto resucitaron” (Mt 27, 52). Ésos, nos dice el Evangelio, se aparecieron en Jerusalén a muchas personas durante los cuarenta días que Jesús estuvo resucitado entre los suyos.

El Evangelio nos deja ver que esos santos no revivieron como Lázaro, a quien Jesús regresó a esta misma vida, muriendo tiempo después. Los santos resucitados resurgieron en una condición nueva, transformada y gloriosa.

Por cuanto al orden que se sigue en la Resurrección, San Pablo mismo lo señala: “Del mismo modo que en Adán todos mueren, así también todos revivirán en Cristo; pero cada uno en su orden: Cristo, como primicia, el primero; luego los que son de Cristo, en su Parusía; luego, al final, cuando entregue el Reino a Dios su Padre, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad, pues es preciso que Él reine hasta poner bajo sus pies a todos sus enemigos. El último enemigo en ser destruido será la muerte” (1Cor 15, 22-26).

El orden de la resurrección es, pues, el siguiente: primero, Cristo; después “los que son de Cristo”, es decir todos los justos de la historia hasta el momento de la Parusía; por último todos los hombres, al fin del mundo, cuando la misma muerte sea destruida y nadie más haya de morir.

Aunque la Resurrección prototípica es la de Jesús, la resurrección que sucede antes de la Gran Tribulación y de la Parusía es conocida como “primer resurrección”, para distinguirla de la segunda resurrección de todos los hombres, que sucederá en el Juicio Universal, al final de la historia. En la primer resurrección volverán a la vida únicamente los santos y justos; en la segunda, todos los hombres, incluso los condenados.

Es en coincidencia con la primera resurrección cuando sucede el Arrebato de los fieles y la Tranformación de los mismos, es decir, quienes hayan resucitado serán llevados juntamente con los vivos que se hallen plenamente transformados en Cristo.

El Arrebato de los fieles es resultado de una intervención divina selectiva: "Entonces estarán dos en el campo, el uno será tomado, y el otro será dejado. Estarán dos mujeres moliendo en un molino, una será tomada, y la otra será dejada" (Mt 24, 40).

El Rapto y la Transformación tienen el doble propósito de premiar la virtud de los fieles, y de evitarles la purificación de la Gran Tribulación, misma que ya no necesitan.

La Transformación que acontece en la Parusía, es decir, la renovación de la naturaleza humana y de todo el orden creado, implica que el hombre será renovado desde su esencia, no sólo mediante la gracia santificante, sino recuperando los dones preternaturales perdidos en el origen.
El cambio interior es fruto de una renovación espiritual paragonable a un segundo Pentecostés.


Dice el profeta Ezequiel: “Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas manchas y de todos vuestros ídolos os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne un corazón de piedra y os daré un corazón de carne” (Ez 36, 25).

San Pedro describió así el efecto de la Transformación: “Pues también conforme a su promesa esperamos cielos nuevos y tierra nueva, en la cual habite la justicia” (2 Pe 3, 13).

Isaías describió gráficamente la situación de esa nueva bondad, que es espiritual y material, y que se prolongará a lo largo del reinado de Cristo: “He aquí que yo creo cielos nuevos y tierra nueva, y no serán recordados los primeros ni vendrán a la memoria; antes habrá gozo y regocijo por siempre jamás por lo que voy a crear. Me regocijaré por Jerusalén y me alegraré por mi pueblo, sin que se oiga ahí jamás lloro ni quejido. No habrá allí niño que viva pocos días ni viejo que no llene sus días, pues morir joven será morir a los cien años y el que no alcance los cien años será maldito. Edificarán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán sus frutos. No edificarán para que otro habite, no ablandarán para que otro coma, pues cuanto vive un árbol vivirá mi pueblo y mis elegidos disfrutarán del trabajo de sus manos. No se fatigarán en vano ni tendrán hijos por sobresalto, pues serán raza bendita de Yavéh ellos y sus retoños con ellos; el lobo y el cordero pacerán lado a lado y el león comerá paja con el buey, la serpiente se alimentará de polvo; no habrá daño ni destrucción en mi monte santo, porque la tierra estará llena del conocimiento del amor de Dios como una invasión de las aguas del mar, dice Yavéh” (Is 65, 17).

Algunos piensan que estos cielos nuevos y tierra nueva de los que hablan el profeta Isaías y el apóstol San Pedro, deben ser ubicados después de la resurrección universal, al fin del mundo. Sin embargo, esta interpretación es errada y fruto de un antimilenarismo miope, pues en el cielo ya no habrá impartición de justicia, ni generación de hijos, ni muerte. Tampoco habrá necesidad de edificar casas, ni plantar viñas, ni habitarán animales como se menciona expresamente en esa promesa.

Tampoco se puede admitir una interpretación metafórica de esos cielos nuevos y tierra nueva, pues éstos, como dice el apóstol San Pedro, vendrán después de que los presentes cielos y tierra perezcan por la palabra de Dios y por el fuego. Y como los actuales cielos y tierra, que entraron después de los cielos y tierra diluvianos, no han perecido de esa manera, se deduce que estas promesas aún no se han ***plido.

Así como se ***plió literalmente la primera parte del texto de Pedro “Que hubo cielos desde antiguo y tierra sacada del agua y que el mundo entonces pereció anegado en el agua”, de igual modo se ***plirá la segunda parte: “Que los cielos de hoy y la tierra están, por esa misma palabra, reservados para el fuego”.

De los textos bíblicos y de la reflexión teológica podemos deducir algunas consecuencias de la Transformación:


1. El hombre recobrará la integridad moral y espiritual del origen. La santidad será el efecto más importante de la evolución aportada por la Parusía. El Reino será la realización del fin último de la redención, la recuperación más elevada de la probidad esencial del paraíso, del orden temporal más perfecto y puro. Con todo, hay que evitar la creencia de que el hombre quedará totalmente libre del influjo del mal durante el milenio, y de que ya no habrá posibilidad de pecar. Esa será la condición únicamente de los santos resucitados y de los que hayan sido arrebatados. En los viadores, el influjo del mal se verá drásticamente disminuido, pero no totalmente suprimido.

2. Como consecuencia de lo anterior, el hombre podrá comunicarse con Dios directamente y sin velos, como al inicio, cuando Dios bajaba por las tardes y caminaba con Adán en el paraíso. Esa es una imagen que el libro del Génesis usa para indicarnos hasta qué punto era estrecha, directa, clara e inmediata la comunicación entre el hombre y su Creador. En el Reino, como vimos en Isaías,“la tierra estará llena del conocimiento del amor de Dios”.

3. El hombre recobrará los dones preternaturales perdidos enel inicio. Muchos de los fenómenos que hoy consideramos “paranormales” y que encontramos en la vida de algunos santos, como la bilocación, la levitación, la lectura de conciencias, la telepatía, la predicción, etc…, fueron dones que Dios concedió al hombre en el paraíso, y eran consecuencia normal de su integridad espiritual y corporal.

4. La enfermedad será casi inexistente, los hombres vivirá cientos de años, y la muerte perderá el sentido trágico, de fracaso y aniquilación que tiene actualmente. Tanto la enfermedad como la muerte son efectos del pecado original, los seres humanos estaban destinados a una vida muy larga y la muerte era experimentada como mera dormición, una vez terminada la misión personal recibida, y se pasaba a una nueva realidad de transformación superior. Por eso señala Isaías que las mujeres no experimentarán dolor en el parto, y que “no habrá allí niño que viva pocos días ni viejo que no llene sus días, pues morir joven será morir a los cien años y el que no alcance los cien años será maldito”.

5. El orden social será del todo equitativo, no habiendo injusticias ni explotación. “No edificarán para que otro habite, no ablandarán para que otro coma, pues cuanto vive un árbol vivirá mi pueblo y mis elegidos disfrutarán del trabajo de sus manos”.

Sobre la Transformación, que es un segundo Pentecostés, pero universal, se le reveló así al P. Stefano Gobbi, místico y fundador del Movimiento Mariano Sacerdotal: “Estos son los tiempos del gran Retorno. Sí, después del tiempo del gran sufrimiento llegará un tiempo de gran renacimiento y todo reflorecerá. Jesús implantará su Reino glorioso. El Espíritu Santo bajará como fuego, pero de un modo distinto al de su primera venida: será un fuego que quemará y transformará todo, que santificará y renovará la tierra desde sus cimientos. Abrirá los corazones a una nueva realidad de vida y guiará a las almas a un amor tan grande y a una santidad tan perfecta, como nunca antes se había conocido. Entonces, el Espíritu será glorificado, llevando a todos al más grande amor hacia el Padre y el Hijo” (3 de julio de 1987).

Y al año siguiente: “El tiempo del segundo Pentecostés ha llegado. El Espíritu Santo vendrá como un celestial rocío de gracia y de fuego que renovará al mundo entero. El Espíritu Santo vendrá para instaurar el Reino glorioso de Jesucristo y será un Reino de gracia, de santidad, de amor, de justicia y de paz” (22 de mayo de 1988).

A la mística Vassula Ryden, Jesucristo le habló así sobre esa acción del Espíritu Santo: “Ahora estoy totalmente preparado para ir a vosotros, pero aún no habéis comprendido cómo ni de qué manera. Sin embargo, no os he estado hablando en metáforas. Os digo solemnemente que voy a enviaros a mi Santo Espíritu con toda la potencia sobre toda la humanidad, y como signo precursor voy a mostrar portentos en el cielo como nunca los hubo. Habrá un segundo Pentecostés de modo que mi reino en la tierra sea implantado” (10 de diciembre de 1995).

Las circunstancias que vivimos actualmente, el desbordamiento del mal, la injusticia, la violencia y la corrupción, son la antesala inmediata de la Transformación más grandiosa, por lo que deben ser motivo de esperanza y optimismo, pues seremos radicalmnete liberados del mal. Así lo afirmó el Papa Juan Pablo II en su catequesis del 12 de enero de 2005: “El incremento de la violencia y la injusticia en el mundo es obra de un Satanás furioso, al cual no le queda mucho tiempo. Él sabe que no le queda mucho porque la historia está a punto de experimentar un cambio radical en la liberación del mal, por lo cual Él está reaccionando con grande furia”.

Y San Lucas insiste “Cuando veáis que estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque se acerca vuestra liberación” (Lc 21, 28).

Es lamentable que la teología, a causa del nefasto influjo del antimilenarismo, prive a los fieles de tan importante fuente de esperanza, y les tenga completamente ignorantes respecto a la maravillosa realidad que se aproxima. No obstante, el sensus fidei, el sentido común de los creyentes, se encarga de operar en los corazones otorgando la certeza de que si Dios sabe sacar del mal un bien mayor, el bien que nos depara próximamente es un bien inigualable, pues que el mal actual está excediendo ya todo límite.




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Re: La transformación (el rapto)
NotaPublicado: Vie Oct 16, 2009 12:35 am 
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sigamos con la segunda parte de este magnífico teólogo:

Citar:
El Arrebato (Octubre 2009)
Escrito por José Alberto Villasana
Resulta increíble que en el mes de septiembre de 2009 se haya celebrado, en el Polyforum Cultural Siqueiros, de la Ciudad de México, un Colloquium sobre el tema de “El Arrebato”, y más increíble que dicho evento haya registrado un pleno hasta el tope, y de católicos.

El Arrebato, o Rapto de los fieles, es la traslación física, en un proceso de transformación espiritual, que sucederá antes de la Gran Tribulación, es decir, antes de que comience el “Día del Señor” previo al Retorno de Cristo. Entonces, serán raptados al Cielo aquellos que hayan alcanzado su plena transformación en Cristo al momento que comiencen los acontecimientos.

El Rapto es un misterio que fue dado a conocer por San Pablo: "Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel y al son de la trompeta, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos para siempre con el Señor" (I Tes 4, 16).

Y añade que ese suceso se trata de un proceso de transformación: "No todos moriremos, pero todos seremos transformados. En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene el último toque de trompeta. Porque sonará la trompeta y los muertos serán resucitados para no volver a morir y nosotros seremos transformados" (I Cor 15, 51).

Quienes hayan muerto en santidad volverán a la vida, igual que sucedió el Viernes Santo en que Cristo murió, cuando “se abrieron los sepulcros, y muchos santos que habían muerto resucitaron” (Mt 27, 52). Todos esos resucitados son los santos del Antiguo Testamento, los cuales se aparecieron en Jerusalén a muchas personas durante los cuarenta días que Jesús estuvo resucitado entre los suyos, al igual que Cristo se les aparecía.

El Evangelio nos deja ver que esos santos no revivieron como Lázaro, a quien Jesús regresó a esta misma vida, muriendo tiempo después. Los santos resucitados resurgieron en una condición nueva, transformada y gloriosa.

También nos deja ver que no se trata de un proceso espiritual de tipo “agustiniano”, sino un elemento tan concreto, real y específico como el acontecimiento previo, el de la resurrección: “se abrieron los sepulcros, y muchos santos que habían muerto resucitaron”.

Por cuanto al orden que se sigue en la Resurrección, San Pablo mismo lo señala: “Del mismo modo que en Adán todos mueren, así también todos revivirán en Cristo; pero cada uno en su orden: Cristo, como primicia, el primero; luego los que son de Cristo, en su Parusía; luego, al final, cuando entregue el Reino a Dios su Padre, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad, pues es preciso que Él reine hasta poner bajo sus pies a todos sus enemigos. El último enemigo en ser destruido será la muerte” (1Cor 15, 22-26).

El orden de la resurrección es, pues, el siguiente: primero, Cristo (y los santos del Antiguo Testamento); después “los que son de Cristo”, es decir todos los santos del Nuevo Testamento hasta el momento de la Parusía; por último todos los hombres, al fin del mundo y el Juicio Final, cuando la misma muerte sea destruida y nadie más haya de morir.

Aunque la Resurrección prototípica es la de Jesús, la resurrección que sucederá en la Parusía es conocida como “primer resurrección”, para distinguirla de la segunda resurrección, la de todos los hombres, que sucederá en el Juicio Universal, al final de la historia. En la primer resurrección volverán a la vida únicamente los santos y justos, esta vez los del Nuevo Testamento; en la segunda resurrección, revivirían todos los hombres, incluso los condenados.

Es en coincidencia con la primera resurrección cuando sucede el Arrebato de los fieles, es decir, quienes hayan resucitado serán llevados juntamente con los vivos que se hallen plenamente transformados en Cristo.

El Arrebato de los fieles es resultado de una intervención divina selectiva: "Entonces estarán dos en el campo, el uno será tomado, y el otro será dejado. Estarán dos mujeres moliendo en un molino, una será tomada, y la otra será dejada" (Mt 24, 40).

El Rapto tiene el doble propósito de premiar la virtud de los fieles, y de evitarles la purificación de la Gran Tribulación, misma que ya no necesitan.

A excepción de unos cuantos ortodoxos, Israel se ha vuelto una nación endurecida y olvidada de Dios. Pero sabemos, por Ezequiel e Isaías, que una serie de acontecimientos sobrenaturales a favor de Israel, previos a la Gran Tribulación, revivirá la conciencia de la elección, considerándolo los judíos como el cambio de suerte y como el inicio de la edad de oro para Israel, la de “su” mesías, quien para los cristianos será el Anticristo.

En realidad, ese será el periodo específico de pruebas y juicios que han de tener lugar antes de que el verdadero Mesías retorne, y el verdadero Reino de Dios se instaure en el mundo. El gobierno mundial del Anticristo, a quien la mayoría de los judíos aceptará como el mesías, será el tiempo de purificación previo al Retorno de Cristo (Parusía) y al milenio del Reino de Cristo sobre la Tierra.

La distinción entre la primera resurrección, exclusiva de los santos del Nuevo Testamento, y la segunda resurrección, que será universal y al fin del mundo, es delineada claramente por San Juan: Ap 20, 1-6.

Muchos teólogos se preguntan si el Rapto de los fieles sucederá antes ó después de la Guerra de Gog y Magog o “Guerra de Ezequiel”, delineada en Ez 38, 3-8.

Tratando de resumir la cuestión diremos que existen tres posturas: que el Rapto ocurrirá antes, ó simultáneamente, ó después de la Guerra de Ezequiel.

Quienes abogan por la opinión de que éste ocurrirá de forma posterior argumentan que Dios puede tener prevista la Guerra de Ezequiel como una invitación última para la conversión, y que el Arrebato ocurrirá después de esa postrera llamada para enmendarse. Pero esa opinión parte de una suposición gratuita que no encuentra fundamento en las Escrituras. Aparte, la Guerra de Ezequiel es un acontecimiento que tiene relación primordialmente con Israel, no con la Iglesia.

Otros sostienen que el Rapto tendrá lugar durante la invasión, argumentando que el señalamiento “en ese día”, referido al gran terremoto por el que todos los hombres se ocultarán y temblarán ante la presencia de Dios (Ez 38, 18-20), coincide con el Arrebato.

Pero esa relación es un tanto forzada y tampoco tiene suficientes fundamentos en las Escrituras.

La mayor parte de los estudiosos considera que el Arrebato de los fieles será anterior al inicio del Día del Señor y a la Guerra de Gog y Magog. Y es que los desastres que son resultado de la invasión y de la gran sacudida de la Tierra forman parte de los juicios divinos, de donde surge la pregunta de si la Iglesia fiel estará sometida a la ira de Dios. Las Escrituras parecen sugerir que los fieles que se hallen plenamente transformados en Cristo no estarán sujetos a ésta ó a ninguna de las demostraciones de la cólera divina propias del “Día del Señor”.

El mensaje dado por San Pablo en Romanos 11, 25-26 demuestra una relación directa con el tema de la exclusividad de Dios al tratar primero con la Iglesia y después con Israel: “Pues no quiero que ignoréis, hermanos, este misterio, no sea que presumáis de sabios: el endurecimiento parcial que sobrevino a Israel durará hasta que entre la totalidad de los gentiles...”. El corazón de Israel como nación está endurecido contra Dios y su Mesías, hasta que una serie de eventos específicos se desaten. El primer evento parece ser precisamente el completarse esa “totalidad de los gentiles”, lo cual significa que el número final de creyentes en Cristo ha entrado a la Iglesia. Ese será el momento en que los fieles sean tomados de la Tierra para estar con Cristo.

Otra de las razones para colocar el Arrebato antes de la Guerra de Ezequiel es que ese evento podría ofrecer un elemento más para crear una condición temporal al caos mundial. La desaparición de mucha gente y de algunos líderes en Occidente causaría un pánico generalizado de alcances globales. El enorme apoyo de cristianos evangélicos hacia Israel en los Estados Unidos y el mundo occidental, haría que muchos musulmanes se vuelvan inmediatamente contra los judíos y contra Israel. En este sentido, el Rapto podría paralizar temporalmente a los Estados Unidos, brindando al Islam y a Rusia la perfecta oportunidad para querer atacar a Israel, lo cual es el meollo de la Guerra de Ezequiel.

Pero sobre todo, lo que más nos puede iluminar respecto a su posición en el tiempo, es contextualizar el Arrebato dentro del entorno general del inicio del “Día del Señor”.

El “Día del Señor” es todo el conjunto de juicios por los que la humanidad sufre su purificación previamente a la Parusía.

El Día del Señor, a quien diversos profetas le aplican los adjetivos, “grande y terrible”, tiene su inicio con el gran terremoto y la Guerra de Ezequiel, después de los signos del sol y de la luna.

Uno de los aspectos sobresalientes de la Guerra de Ezequiel es el énfasis sobre el “Día del Señor” y su conexión con el sexto sello del Apocalipsis. La “luna roja” de Joel (Jl 3, 4) es comúnmente relacionada con la “luna roja” que se observa al inicio del sexto sello:

• Joel 3, 4: “El sol se cambiará en tinieblas y la luna en sangre, antes de la venida del Día de Yahveh, grande y terrible”.

• Apocalipsis 6, 12: “Y seguí viendo. Cuando abrió el sexto sello se produjo un violento terremoto: y el sol se puso negro como un paño de crin, y la luna toda como sangre”.

La luna en sangre del sexto sello se identifica con la luna roja de Joel que debe preceder al Día del Señor por la reacción de los seres humanos en la Tierra en cuanto el resto de eventos del sexto sello tienen lugar:

Apocalipsis 6, 15-17: “Y los reyes de la Tierra, los magnates los tribunos, los ricos, los poderosos, y todos, esclavos ó libres, se ocultaron en las cuevas y en las peñas de los montes. Y dicen a los montes y a las peñas: ‘Caed sobre nosotros y ocultadnos de la vista del que está sentado en el trono y de la cólera del Cordero. Porque ha llegado el Gran Día de su cólera y ¿quién podrá sostenerse?”.

La actitud de los seres humanos en la Tierra pone de manifiesto que ellos entienden que el grande y terrible Día del Señor ha comenzado. Éste es precedido por el oscurecimiento del sol, y por la luna roja “como sangre” y el terremoto descritos en Ap 6, 14: “Y el cielo fue retirado como un libro que se enrolla, y todos los montes y las islas fueron removidos de sus asientos”.

Ambas descripciones, de Ezequiel y del Apocalipsis, se combinan para ofrecer un claro panorama de los eventos englobados en el inicio del “Día del Señor”. Es difícil pensar que tal similitud de acontecimientos tenga lugar dos veces.

Con todo, hay que decir que los hechos se darán muy rápido uno detrás del otro.

Por otro lado, es totalmente verosímil que los siete años descritos por Ezequiel, en los cuales serán quemadas las armas de los ejércitos que pretendían destruir Israel, corresponde a la 70ª semana de Daniel, es decir a la Gran Tribulación descrita en los Evangelios, y esa 70ª semana no empieza en el Apocalipsis sino hasta un tiempo después de las primeras trompetas, causantes de la destrucción de Gog y Magog.

Adicionalmente, podemos observar que la gran multitud que está en pie delante del Cordero (Ap 7, 9) se relaciona con aquella descrita por Jesucristo en su relato de los eventos del fin de los tiempos:

“Guardaros de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las disipaciones de la vida, y venga a aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la Tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está por venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre” (Lc 21, 34).

Jesucristo sugiere que aquellos que se mantengan fieles a Él podrán escapar dichos acontecimientos y estar en pie delante de Él. Esto ofrece un argumento adicional a la tesis del Rapto previo a la Gran Tribulación, ya que las pruebas para los creyentes son descritas como “libertinaje, embriaguez y disipaciones de la vida” y es muy difícil pensar que esas tentaciones se apliquen a los creyentes perseguidos. Y si, una vez que la marca de la Bestia, el microchip financiero, se aplique a escala global, los creyentes no marcados difícilmente podrán comprar comida, mucho menos se puede pensar que estarán envueltos en disipaciones y libertinaje.

Lo más notable, siguiendo con el tema del Arrebato, es la descripción que Cristo da de los creyentes que escaparán “de lo que está por venir”. Él afirma que ellos estarán “de pie” delante del Hijo del hombre. Nos recuerda la descripción de San Juan en el Apocalipsis: “Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero” (Ap 7, 9).

Las palabras de Jesús y de San Pablo se combinan para decirnos que los santos nunca más serán separados de Cristo. Y dado que los 24 ancianos son descritos anteriores y como separados del Cordero, no es posible que éstos sean ó simbolicen a los santos raptados y resucitados. Por otro lado, la gran multitud obedece mejor a las palabras de Jesús y de San Pablo pues están inmediatamente descritos estando en pie en el Cielo en la presencia del Cordero.

Además, existe otro elemento a tomar en cuenta en el discurso de Jesús al usar la palabra “escapar” como descrita antes de los eventos que ocurrirán a los creyentes previamente a los hechos de la Gran Tribulación. San Pablo usa una terminología semejante: “… y esperar así a su Hijo Jesús que ha de venir de los Cielos, a quien resucitó de entre los muertos y quien nos salvará de la cólera venidera” (1 Ts 1, 10).

Jesús se refiere a esa acción como “escapar”, y San Pablo la describe como “salvación” ó “rescate”, un rescate de la cólera que está por venir. Pablo continúa el tema inmediatamente después de que da a conocer el misterio del Rapto en su primera carta a los Tesalonicenses (1 Ts 4, 13): “Porque Dios no nos ha destinado para la cólera, sino para obtener salvación por nuestro Señor Jesucristo” (1 Ts 5, 9). Nuevamente, los operadores de mal están destinados a la ira, mientras que los fieles serán rescatados para obtener salvación. Estos textos no se llevan a ***plimiento más claramente que en coincidencia con la apertura del sexto sello, previa a que inicien los acontecimientos.

Después de eso, la ira de Dios caerá cuando se sacuda la Tierra entera. Los cristianos que hayan quedado después del Rapto y todos los habitantes responderán a esta catástrofe con miedo y terror, y exclamarán “El gran día de la ira de Dios ha llegado”.

Cabe resaltar que, en las Escrituras, la resurrección de los santos está relacionada con terremoto, como sucedió el Viernes Santo en que murió nuestro Señor, cuando tembló la tierra y muchos santos del Antiguo Testamento resucitaron, y como temblará la tierra cuando resuciten los dos testigos muertos por el Anticristo (Ap 11, 13). Por ello mismo, algunos hacen coincidir el terremoto del sexto sello con el momento en que pudiera suceder la primera resurrección, la de los santos del Nuevo Testamento, seguido inmediatamente del Rapto.

La explicación que los promotores del Gobierno Mundial le darán al Rapto será la de “abducciones” por parte de seres galácticos superiores. Se prepara ya cantidad de literatura en ese sentido.

Concluyamos diciendo que la cercanía de ambas cosas, Arrebato y apertura del sexto sello, será fácilmente previsible por un signo claro que Jesucristo nos dio: el incremento de guerras: “Se levantará nación contra nación, y reino contra reino” Mt 24, 7. Es el mismo orden que se observa en el Apocalipsis en el segundo sello, el que corresponde al segundo caballo, el de la guerra: “Entonces salió otro caballo, rojo: al que lo montaba se le concedió quitar de la Tierra la paz para que se degollaran unos a otros: se le dio una espada grande” (Ap 6, 4). Sólo después aparecen el tercer caballo del hambre, y el cuarto de las pestes que, por otro lado, normalmente son las consecuencias lógicas de las guerras.

En campo católico, diversas revelaciones privadas, y que por lo tanto hay que tomar con mucha reserva, hablan de un “Gran Aviso” por parte de Dios previo a la Tribulación. Ese evento podría coincidir también con el sexto sello y el gran terremoto. Primero porque se refiere a un acontecimiento cósmico, segundo por el impacto en todos los habitantes de la Tierra quienes se esconderán con gran temor, pero sobre todo por los efectos de arrepentimiento y contrición despertados en la humanidad entera. En efecto, sostienen dichas revelaciones privadas que la principal consecuencia del Aviso tendrá lugar en el interior de la conciencia humana, como fruto de una iluminación interna sobrenatural, pero en coincidencia con un gran incidente sideral.

Hay que tener mucho cuidado con este tema, ya que grupos iluministas involucrados en el Blue Beam Proyect, que logra en la atmósfera imágenes holográficas mediante rayos lázer desde satélites, está preparando grandes figuras en el cielo para presentarlas al mundo como el ***plimiento de antiguas profecías, para así llevar a los hombres a una aceptación espiritual del Anticristo y de su Falso Profeta. Es decir, la posibilidad de engaño será enorme.

Acerca del proceso de transformación que es ínsito al Arrebato de los fieles invitamos a nuestros lectores a consultar el artículo publicado hace un par de meses intitulado “La Transformación”. Ambas realidades, Arrebato y Transformación, están íntimamente relacionadas.


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